Por: Itsmania Platero

Las aventuras en Narnia, tierra de fantasía y magia, poblada por animales parlantes y otras criaturas mitológicas que se ven envueltas en la eterna lucha entre el bien y el mal», así es la aventura de un maestro en tiempos de pandemia.

Ser maestro es una labor titánica más con el informe del Banco Mundial que exalta la pobreza en escuelas públicas del país, la falta de mobiliario y con un 75% de estructuras educativas colapsadas.

«Más de 60 mil docentes viven en calamidad doméstica con un triste salario de 8,800 lempiras», que no es diferente al resto de trabajadores de Honduras.

Hoy las acciones de emergencia tomadas por el Estado de Honduras en época de coronavirus son discriminatorias y vulneran los derechos humanos de los más desprotegidos, me refiero a los niños y a maestros, porque también muchos de ellos están sufriendo por temor a perder el empleo.

La educación no debe convertirse en un castigo para los alumnos ni para los maestros, que tampoco están preparados para enfrentar estos retos. Estamos entrando en una etapa donde el stress producto del aislamiento y la desesperanza comienzan a hacer una llaga.

Hay sectores de la población, donde hasta hoy tienen acceso al Internet y alimentos, pero ya no hay acceso al trabajo, ni a pagar estos servicios.

Una gran cantidad de padres de familia tienen un nivel escolar muy bajo, algunos no aprendieron a leer ni escribir, y no pueden sustituir al maestro, explicar las matemáticas o con su simpleza entender lo que son los estragos del coronavirus, no es cosa fácil.

Quienes tienen menos educación tienen una desventaja social sufren en silencio, un profundo sesgo prejuicios cognitivos, efectos psicológicos que causan el encierro repentino.

Hoy el maestro y la familia se se enfrentan a retos que exigen de ellos un doble esfuerzo para disminuir los riesgos morales, psicólogicos, cívicos y éticos que le den respuesta a la crisis que enfrentan los estudiantes. Generar en ellos destrezas para competir e integrarse a la vida incierta que nos espera no es tarea fácil.

No me imagino a Honduras sin los maestros que ponen toda su fuerza para que los niños formen su personalidad y aprendan conocimientos que les servirán el resto de su vida.

A pesar de los problemas más graves que hoy enfrenta un maestro como es la inseguridad de perder el trabajo presente en sus propios entornos y después en las escuelas. No digamos los maestros olvidados en las montañas, aldeas, caserios, cerros y prisiones donde no existen las posibilidades de aprender un oficio para ganarse la vida y ayudar a su familia.

Este espacio ya no sólo es de los maestros sino de expertos en salud mental que den un espacio para que la mente el alma y el cuerpo puedan estar en sintonia, ante la falta de alimentación y medicinas.

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