Por: Itsmania Platero

Al llegar el enfermo el panorama es desalentador cual si fuera un “hospital en un país en guerra”, la primera impresión es una arma y un uniforme militar, desde ahí la fe por salir sano y vivo se derrumba, entras al laberinto de xibalba el dios de la muerte donde tras múltiples pruebas de terror y miedo el premio al final será la luz y la vida.

“Algunos dicen que los seres humanos estamos condenados para sufrir”, eso lo experimentan las familias y el enfermo al llegar a un centro hospitalario donde además del calvario de la enfermedad entra a un mundo de sufrimiento. Más grande que la enfermedad es el miedo de caer en cama y ser llevado a un hospital, algunos prefieren morir en casa.

Pensamos que la prioridad en estos centros es morirse. La necesidad del enfermo se convierte en la condición que favorece al inescrupuloso morguero que al ingresar una persona le ofrece los ataúdes en su cama.

Salir vivo es un desafío, una hazaña es librar la mejor batalla contra la muerte, la aflicción y la tristeza, la desesperación y el miedo que viven los enfermos desde el momento que los llaman “pacientes muertos”, también el que viven sus familiares ante la impotencia de pagar un turno de noche que no baja de 50 dólares.

Estamos en una gran crisis hospitalaria con tiempos difíciles para soñar donde el problema no es ser sanado sino salir vivo.

El hospital hondureño se vuelve un “purgatorio” donde se acorta el sufrimiento no porque te sanan sino porque te matan. Alguno aplicará la cantidad menor de antibiótico y robará el resto, otro puede cerrar tu válvula de oxígeno, otro dejará que los gusanos te coman porque la deshumanización del personal y el amor por el dinero prevalecen en los que reciben un salario por cuidar la vida de los enfermos.

“Si va a un hospital de Honduras no deje solo a sus enfermos”…

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